¿CUÁL ES EL MEJOR VINO?


Es la pregunta de siempre. Se les hace a los enólogos, sommeliers, se charla en las vinotecas, se trabaja en las clases. Las respuestas son ilimitadas porque todos tenemos un vino que hemos calificado como el mejor.

Para esta pregunta hay una respuesta que se volvió la más popular y que en muchos sentidos es acertada: “el mejor vino es el que a cada uno le gusta”. Claro, sin duda el vino se vuelve memorable porque sentimos algo realmente especial cuando lo degustamos; recordaremos entonces la etiqueta, la añada, y sobre todo, el momento vivido. Hasta aquí la respuesta tiene mucho sentido, es simple y a la vez tiene que ver con la experiencia que cada uno tiene con una botella. Pero desconocemos una parte esencial en el mundo del vino: los costos de elaboración de vinos de calidad, la adición de aditivos químicos que en muchos casos disfrazan los vinos para que tengas aromas y sabores, las diferencias entre un vino de producción pequeña y otro más grande y masivo, los procesos de crianza a los que son sometidas algunas líneas de vinos y que obviamente resultan expresivos, con una mayor complejidad y casi siempre resultan ser banderas de cada casa o vinos iconos con los que las bodegas ejemplifican su valor por la calidad y autenticidad.

Por estas razones la respuesta se torna un poco más compleja de entender y hacerle entender a los consumidores en general. Quienes conocen e identifican estos conceptos, están familiarizados con el pago un poco más alto por los vinos que adquieren o bien, viajan buscando los iconos de las bodegas, los años extraordinarios de una región, entre otros múltiples aspectos que denotan calidad.

Nuestro mercado colombiano hoy se ha inundado de vinos cuyo costo es tan bajo que nos hace pensar en primera instancia en una nueva categoría en competencia, pero antes de adquirirlos, puede que nos haga meditar un poco lo que llevamos en nuestro carrito de compras. Los vinos no son económicos de producir, dependen de los muchos cuidados al viñedo, de cómo la naturaleza y el clima en general se comporten durante el año, y también de los cerebros que estén detrás. Es por esto que no alcanzamos a entender el bajo precio de un producto con altos costos de producción.

Una buena reflexión es que con todo el movimiento alrededor de una mejor alimentación con productos que no estén químicamente modificados, además de ser lo más naturales posibles, cuando invertimos en nuestra canasta familiar en alimentos que sean un aporte a nuestra salud, se contradice un poco a la hora de preferir un vino porque resulta más barato y porque está bien y correcto, ya que muchas veces las razones para que estos vinos sean tan masivos y se produzcan en masa es porque sufren algún tipo de modificación, adiciones de productos (autorizados eso sí), alteraciones que un viñedo de calidad jamás haría. Entonces cada vez que pensemos en la pregunta sobre el mejor vino que hemos tomado (y quizá ese momento no ha llegado para muchos de nosotros) además de incluir temas como el año de la botella, la bodega, región y las sensaciones que nos ha producido al degustarlo, detengámonos a pensar por qué los vinos tienen el valor comercial que tienen, por qué muchas veces lo barato sale caro y cuál es nuestra percepción de calidad: si tiene más que ver con nuestro bolsillo o con vivir una experiencia a través del vino.

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